Sólo los pasillos de IFEMA pueden salvar el turismo de reuniones

Esta semana, el Portal de América realizó una verdadera maratón cubriendo varios eventos, para hacerle llegar a nuestros fieles lectores, oyentes y telespectadores de primera mano y en tiempo real sobre lo ocurrido durante su realización.

por Ramón de Isequilla, desde Madrid, rdeisequilla@portaldeamerica.com, @ramonpuntaNuestro director Sergio Antonio Herrera, realizando una excepcional cobertura de FIEXPO, trayendo los colores caribeños, con notas inéditas sobre temas y lugares que no es común encontrar en medios especializados, y este servidor haciendo malabarismos para cubrir la Cumbre sobre el Futuro del Turismo en Barcelona, liderado por la OMT, y el Foro Iberoamericano de la MIPYME en Madrid, organizado por la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales y la CEIB (Consejo de Empresarios Iberoamericanos, brazo empresarial de la SEGIB, Secretaría General Iberoamericana).

Independientemente de los detalles de los mencionados eventos, que hemos reflejado en abundantes notas, su cobertura y análisis nos llevó a un nivel de reflexión en un plano superior, analizando las posibilidades de supervivencia del turismo MICE.

FIEXPO y sus responsables, entre los que se encuentra el premiado oriental Arnaldo Nardone, realizan esfuerzos ingentes con un entusiasmo encomiable para sostener al sector en el nivel que merece, y que sin duda repercute en las economías de los países anfitriones en forma significativa, pero si los dejamos solos en la tarea, no va a ser suficiente.

El sector MICE está en gravísimo peligro, muy por encima de los otros segmentos que forman el mundo del turismo, pues su propia naturaleza padece de una debilidad que profundizaron las consecuencias de la pandemia, y me refiero, aunque parezca paradójico, a la “tecnología” sobre la cual todas las voces repiten que salvará al turismo en esa realidad tilinga, como diría mi madre, de “nueva normalidad”.

En el medio de los inconstitucionales confinamientos que sufrimos en España durante 2020, alerté que deberíamos tener mucho cuidado con el uso que le dábamos a las herramientas que aparecieron a disposición de todo el mundo y la pandemia había generalizado, cuando antes se hacía uso de ellas únicamente en determinados círculos y en circunstancias especiales.

En esos meses nos convertimos en “expertos opinadores” sobre virus, pandemias y pestes varias, con la misma liviandad que cada cuatro años todos somos “directores técnicos” y desde hace un mes, todos somos “vulcanólogos”, y a partir de ahí comenzamos a proyectar una fragilidad conceptual al anunciar un “nuevo turismo” sostenible, sustentable, inclusivo, verde, feminista, resiliente, ecológico y comprometido con las políticas de género y por supuesto en contra el cambio climático.

Todas esas grandilocuentes frases que nos quieren vender los tertulianos de ocasión, no son más que palabras vacías de contenido y que forman parte de la “expropiación de mentes” a los que el narco comunismo está sometiendo a Europa.

El mensaje subliminal es: señores propietarios y trabajadores de hoteles, bares, restaurantes, organizadores de eventos y otros tantos involucrados, no se preocupen “una mágica APP se ocupará de vuestros negocios” y con un subsidio del gobierno para sobrevivir, no va a ser necesario ni pensar ni estudiar ni trabajar, seremos pobres pero felices, “Davos Dixit”.

Cuando enriquecimos nuestro lenguaje con los neologismos webinar, zoombear, eventos híbridos y tantas más palabras grandilocuentes, no nos dimos cuenta que la utilización de una herramienta tecnológica para suplir una carencia puntual, podía convertirse en el germen de la destrucción de la actividad de organización de eventos.

La primera consecuencia fue que durante un año para sacar las papas del fuego, se realizaron en forma excluyente las reuniones remotas, con un costo pequeño pero con cero facturación, salvo algún esporádico esponsoreo (otro neologismo). De esta manera los eventos y sus organizadores seguían vigentes en el mercado, pero ni siquiera les daba para sobrevivir.

Cuando las medidas sanitarias se flexibilizaron, se decidieron encarar los llamados eventos híbridos, con concurrencia bastante escasa en el lugar de celebración y un sin número de inscriptos para participación remota por el hecho de ser gratuita y sólo uno de cada cuatro terminaba conectándose en forma efectiva y pocos permanecían durante todo el evento.
Estos eventos llamados híbridos resultan tremendamente onerosos para sus organizadores, pues deben subcontratar empresas tecnológicas para celebrarlos y exige un esfuerzo estéril de coordinación de las exposiciones presenciales y remotas.

Otra de las características de esta práctica es la frustración de los que asisten en forma presencial por los “baches tecnológicos” inevitables, la bastante común baja calidad de la comunicación y la imposibilidad de encarar al orador después de la exposición para hacerle preguntas en privado, ya que las rondas de preguntas abiertas que se realizan están contaminadas por ciertos deseos de figuración y en la mayoría de los casos no son preguntas sino aseveraciones.

Del otro lado del mostrador, los asistentes remotos sucumben a levantarse para ingerir alimentos, cumplir sus funciones fisiológicas o atender al mensajero de Amazon que toca el timbre, sumado a la tentación de dejar para más tarde la atención al evento, ya que éste será grabado.

Estas frustraciones y los bajos resultados en cuanto a ingresos para los organizadores hacen correr el riesgo que el público objetivo vaya perdiendo el interés, o peor, el respeto para con los foros, congresos y encuentros, cayendo en desuso su práctica y sólo permaneciendo para grandes empresas que por un tema de imagen los continúen realizando aún ante la perspectiva de pérdidas importantes.

Pero el tema no se agota con lo expuesto, el gran problema lo sufren las ciudades sedes, a las cuales las participaciones a distancia les impiden los ingresos en alojamiento, alimentación, transporte y compras que aportan los que concurren a los eventos, y sobre esto no hay APP que valga.

Por todo lo expuesto, consideramos que los organizadores de eventos son responsables de convencer a las firmas o instituciones que los celebran sobre la necesidad de promover los eventos presenciales, utilizando las herramientas tecnológicas que permiten la participación a distancia sólo en casos excepcionales y no como norma general, caso contrario se corre el riesgo de dinamitar una de las actividades turísticas que más aportan al PIB y a la balanza de pago de los países sede.

Llegado a este punto abordamos el nudo de la cuestión, el valor más importante de la actividad y quizás el único irremplazable, “los pasillos”.
Los pasillos de una feria o la sala contigua de una conferencia son el alma del negocio, el lugar irremplazable de encuentro, donde realmente de concretan los negocios, que sin ellos todo lo demás carece de sentido.

Nunca nos cansamos de repetir sobre la fundamental relevancia de los “pasillos de FITUR” donde nos encontramos con viejos clientes, colegas y amigos que a su vez nos presentan a futuros clientes, colegas y amigos, destacando siempre que, si un día la realidad económica eliminara los stands, debería hacerse una feria de pasillos, la vieja plaza medieval, o el ágora de las ciudades griegas.

La capacidad y la importancia de IFEMA, ejemplo durante la pandemia al transformar en horas un recinto ferial en un hospital, o cómo organizar exitosamente en pocos días un evento de treinta mil personas por la incapacidad de los que habían comprometido su realización, se completa con la sempiterna oferta de los pasillos de IFEMA que salvarán el turismo de reuniones.

Portal de América