Serie: Lo que tu cuerpo ya sabe (y tú estás ignorando)
Autor: Samanta Parra
Coach | Facilitadora | Visión empresarial femenina | Estrategias en lo humano para el Bienestar

«Escucha tu cuerpo»
Probablemente has leído esta frase muchas veces. Parece obvia, y por obvia la obviamos. Sin embargo, la mayoría de las veces no tenemos la menor idea de cómo hacerlo.
Tratas de hacer la tarea y seguir esas instrucciones que, además, parecen tan sencillas: paras un momento, respiras hondo e intentas sentir. Pero, sorpresa: no pasa nada. No hay revelación mística; lo que sí hay es un silencio incómodo, una molestia difusa y confusión que termina en cierto grado de frustración. Es normal que creas que lo
estás haciendo mal o te preguntes por qué no experimentas esa claridad de la que tanto hablan los manuales de autoayuda.
Imagina que estás en un laberinto buscando la salida, pero llegas al mismo punto una y otra vez. Lo que no nos enseñaron es que el laberinto tiene una lógica para salir; vamos a aprender esa lógica.
La dificultad para escucharnos nace de la falta de práctica.
La desconexión de nuestro cuerpo es, en realidad, una respuesta adaptativa. Desde la infancia, el entorno nos entrena para priorizar la mente en vez del cuerpo; aprendemos casi obligados a resolver
problemas lógicos, pero a la vez a reaccionar física y emocionalmente a las demandas externas. Nos volvemos expertas en mirarnos del cuello hacia arriba, clausurando el flujo de información que ocurre en el resto del cuerpo.
Es exactamente como cuando estás aprendiendo a manejar un automóvil. Aunque creas que comprendes el funcionamiento y la lógica del manejo, solo a través de la práctica constante el proceso llega a ser automático. No te frustras por no coordinar los pedales el primer día; simplemente sigues practicando hasta que lo logras.
Quizás no estás desconectada de ti. Quizás llevas demasiado tiempo sin prestarte atención.
Con los años, este desvío constante de la atención debilita la interocepción, un sentido que tampoco te contaron que tenemos y que es la capacidad del sistema nervioso para percibir, interpretar y
procesar las señales que provienen de nuestros órganos internos. La interocepción funciona de manera similar a la fuerza física: si dejas de usar un músculo durante décadas, es natural que se debilite. Tu capacidad de sentir requiere entrenamiento; simplemente se ha quedado dormida por falta de uso.
Lo que aparece cuando te detienes (la zona incómoda)
Al decidir pausar el ritmo para escuchar el cuerpo, la claridad y la calma casi nunca son las primeras en llegar a la cita. Lo más común es encontrarse en terreno desconocido y hostil: tensión acumulada en los hombros, cansancio que te aplasta y una inquietud sutil que te tienta a refugiarte en la pantalla del teléfono o ese vacío difícil de nombrar.
Es una experiencia frustrante. Nos detenemos buscando respuestas sabias y lo que recibimos es pura incertidumbre. En esos momentos conviene recordar que esa “nada” o la sensación de molestia
también es información valiosa. Tu sistema nervioso se está expresando, solo que utiliza un idioma físico que necesitamos comenzar a descifrar.
Tu cuerpo no habla con palabras.
A diferencia de la mente analítica, el cuerpo no elabora informes
estructurados con conclusiones lógicas. El sistema nervioso se expresa mediante el cambio de ritmo en los latidos, la variación de la temperatura, la rigidez de los músculos o esa tan molesta pesadez en el estómago.
El error más frecuente al intentar escucharnos es forzar una traducción inmediata; siempre queremos entender. Buscamos
etiquetar la emoción, analizarla bajo teorías psicológicas o encontrarle un sentido útil. La escucha real consiste en sostener la presencia en la sensación física un poco más de lo habitual, tolerando la incomodidad de no saber qué significa, dejando a un lado la prisa por interpretar.
Empezar sin la exigencia de la claridad.
Reconstruir el diálogo con tu cuerpo exige desmantelar el perfeccionismo. No necesitas entender el origen exacto de tu malestar para empezar a regularte; el primer paso es limitarse a notar.
Quizá no sepas si esa opresión en el pecho se debe a la ansiedad, a la tristeza o a la fatiga del día, pero puedes registrar que está ahí. Tal vez no logres ordenar tus emociones, pero notas perfectamente que tu respiración se ha vuelto corta y superficial. Ese simple registro físico, por rudimentario que parezca, ya es interocepción activa y constituye el verdadero inicio del diálogo corporal.
Una verdad poco agradable, pero liberadora.
Sintonizar con el cuerpo no siempre es un proceso agradable. A menudo genera resistencia porque el organismo tiende a revelar las verdades que intentamos silenciar para seguir siendo productivas: ritmos laborales insostenibles, compromisos que drenan nuestra energía o un agotamiento profundo disfrazado de eficiencia. ¿Has escuchado la canción que dice “la costumbre es más fuerte que el
amor”?
Estamos tan acostumbrados a no sentir que, cuando llegamos a ese punto, se presenta la verdadera elección. Tienes la opción de reconectar el piloto automático para amortiguar el ruido interno o decidir sostener la mirada, aceptar lo que descubres y comenzar a actuar en consecuencia.
Una micro práctica para hoy.
Antes de continuar con las obligaciones de tu agenda, te propongo un ejercicio sencillo de treinta segundos. Detén la actividad que estés realizando, apoya firmemente ambos pies en el suelo y dirige la atención hacia tu interior. Identifica en silencio la primera sensación
que percibas; puede ser el roce de la ropa, la tensión en la mandíbula o el flujo de tu respiración, sin juzgarla ni intentar modificarla. Quédate observando ese registro durante tres ciclos de respiración pausada, simplemente acompañando lo que hay.
Aprender a descifrar el cuerpo es un hábito lento, a veces incómodo, pero profundamente honesto, muy alejado de cualquier revelación instantánea. Aunque hoy no alcances a comprender todas las señales, el acto de notar ya está transformando tu biología.
La confusión que sientes al detenerte es la consecuencia lógica de haber mirado únicamente hacia afuera durante demasiado tiempo, no un defecto en tu diseño.
Y esto es solo el principio.
En el próximo artículo analizaremos un terreno complejo y lleno de mitos: por qué muchas de las herramientas que utilizas con la intención de calmarte en realidad te están desconectando todavía más de tu cuerpo.
Aprender a descifrar el idioma de tu cuerpo y regular tu sistema nervioso no es un camino que tengas que hacer sola. Si sientes que la desconexión es profunda y buscas herramientas junto con un acompañamiento profesional para volver a habitarte con seguridad, estoy aquí para guiarte.
P.D. Leer puede abrir una puerta. La práctica es lo que te permite cruzarla.
Por eso preparé un PDF complementario para este artículo. Una pausa guiada para ayudarte a desarrollar algo que pocas veces nos enseñan: permanecer con lo que sentimos sin apresurarnos a explicarlo.
Descarga la Práctica 2 y experimenta por ti misma lo que ocurre cuando la claridad deja de ser una exigencia y se convierte en una consecuencia.
Porque escucharte no es entenderlo todo. Es empezar a estar presente mientras lo descubres.
Nota:
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