Un Montevideo que ve la realidad y vuelve a cerrar los ojos

Claves del artículo

El artículo propone una reflexión profunda sobre la forma en que las ciudades y los entornos digitales son diseñados sin contemplar plenamente la diversidad de capacidades existentes en la sociedad. A partir de situaciones cotidianas, expone tensiones entre la idea de inclusión y la realidad concreta que enfrentan muchas personas con discapacidad visual, poniendo el foco en el diseño urbano, el transporte, la tecnología y la planificación pública. En este contexto, la mirada se vincula con el trabajo que Eventurismo viene impulsando desde hace años, promoviendo el bienestar, la accesibilidad y la inclusión como pilares fundamentales en la construcción de experiencias y entornos más humanos. Sin anticipar sus conclusiones, el texto invita a cuestionar modelos establecidos, a revisar prácticas naturalizadas y a pensar la accesibilidad no como un añadido opcional, sino como un criterio central para construir espacios verdaderamente integradores.

La accesibilidad no es caridad, es dignidad humana.

Autor de Diario La R: por Inés María Alfonso Rodriguez

La ciudad se mueve con su ritmo habitual… semáforos cambian y las multitudes cruzan las calles. En la esquina vemos a un hombre intentando cruzar, se detienen frente a un paso de peatones, lleva un bastón el cual extiende con movimientos precisos. Escucha… el tráfico corre paralelo a su posición y su guía se orienta hacia los motores de los autos, y sí, sigue verde. Cuando el sonido cambia, cuando los autos que circulaban en su misma dirección se detienen, avanza. No hay un pitido que confirme que es seguro. No hay un mensaje grabado que indique un cruce habilitado. Solo su oído, su instinto o la memoria del recorrido.

Esta escena, que podría repetirse cientos de veces al día en cualquier lugar del país, resume una contradicción donde las personas ciegas se desenvuelven en entornos construidos por y para personas que no presentan estas dificultades. La carencia no está en quienes navegan con otros sentidos, sino en un diseño urbano, digital y social que sistemáticamente olvida que la visión no es la única forma de habitar el mundo.

Los espacios públicos acumulan obstáculos que para la mayoría pasan inadvertidos. Un kiosco mal ubicado en medio de la vereda, un poste de luz con la base rodeada de columnas metálicas que ningún manual de diseño justifica. Por otro lado, los árboles cuyas ramas bajas nunca se podan a la altura adecuada. Para una persona ciega, cada salida implica un ejercicio cartográfico mental, que incluye memorizar recorridos, contar esquinas, identificar puntos de referencia táctiles que el azar urbano puede modificar sin previo aviso.

Nota

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