El verano invita a bajar el ritmo, pero no siempre garantiza bienestar. Desde Eventurismo, este 2026 proponemos abrir la conversación sobre la desconexión real, el descanso consciente y la forma en que habitamos el tiempo. Esta serie de tres artículos acompaña esa mirada: una pausa para leer, pensar y empezar a frenar por dentro.

Cuando la pausa no alcanza
El verano no genera el malestar: lo expone. Cuando disminuyen las urgencias y baja el ruido cotidiano, quedan al descubierto cansancios acumulados, hábitos automáticos y preguntas que durante el año permanecen relegadas.
La dificultad para detenerse no responde únicamente a decisiones individuales. Es parte de una forma de organización social donde la aceleración se normaliza y la pausa se vuelve excepcional. En ese contexto, el movimiento constante opera muchas veces como mecanismo de evasión más que como expresión de productividad.
Por eso, el regreso del verano no siempre implica recuperación. En algunos casos, el agotamiento persiste o se profundiza. No por falta de descanso físico, sino por la ausencia de espacios reales para revisar el ritmo de fondo y sus consecuencias.
Cuando parar ya no alcanza, ¿estamos dispuestos a revisar la forma en que vivimos el tiempo?
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